No me pueden encerrar. Yo sólo lo hice por mi familia. Necesitábamos el dinero. Claudio me prometió no delatarme. Éramos amigos. El sabía que yo necesitaba la plata. Pero no sé porque lo hizo. No lo entiendo… ¿Quizás no fue él, no?, ¿Cómo podría hacerme eso a mí, su fiel compañero?

Voy a negar todo lo que me digan. Tengo que estar tranquilo, los nervios son un mal indicio. La desgracia no me puede ganar. ¡Dios mío!, que pensarán mis hijos cuando se enteren en que se convirtió su papá. Me van a odiar, y con razón por cierto. No, no puedo permitirlo. Tengo que hacerlo algo. Ya sufrieron demasiado por mi culpa y…

No me acuerdo bien de ese día. Estábamos cerca del almacén… Yo no quería hacerlo. Pero no me quedaba otra. Claudio me insistía, y bueno, él estaba acostumbrado a esos trotes. No me hagan daño dijo la anciana, dueña del lugar. Esa no era mi intención, en absoluto. Mi compañero manejaba la situación, eso me facilitó las cosas. Todavía recuerdo el temor de la pobre viejita. Yo me sentía igual de aterrado… Basta. No debo recordar más ese momento. Tengo que concentrarme en la declaración.

¿Dónde estará Claudio? Él me tiene que ayudar. Me deje guiar por sus ideas, y, mira como terminé. Este apestoso patrullero, lleno de robustos policías, que me maltratan constantemente. ¡No me puede pasar esto a mí!

Bueno. Llegó el momento de actuar. Que la suerte me acompañe al cruzar esa puerta. Tengo que ser creíble y nada más que eso.