En un  pequeño  pueblo cercano a Transilvania, vivían un grupo de niñas que tenían por pasatiempo  ir a la estación de tranvías de la cuidad. Todos los mediodías, después del almuerzo se juntaban en la esquina de la casa de una de ellas y partían hacia la estación. La  terminal de tranvías tenía para ellas un significado especial. Esas veinte cuadras que separaban la casa de Silvana, lugar donde se encontraban usualmente, de la estación, simbolizaban para ellas un camino hacia la felicidad. Cuando llegaban a la estación solían sentarse en un banquito que estaba al final de uno de los andenes y de allí miraban pasar los tranvías. Cuando se aburrían de estar yaciendo sobre el banco, se ponían a jugar. Su juego consistía  en hacer de estatuas  y tomaban como público a la gente que pasaba en el tranvía de las 15.30.

Su juego cambió notablemente un día cuando, mientras Silvana hacía una de sus estatuas preferidas, de un vagón calló un papelito que decía: “Muy lindas las estatuas. Viajo en la segunda ventanilla del cuarto coche. Mi nombre es Gonzalo”.  Desde ese día las chicas esperaban oír la silvatina del tranvía que estaba llegando, para retomar su juego de estatuas diario.  Ya desde el segundo día reconocieron al chico desde la ventanilla y se saludaban fervorosamente. Cada día que pasaba se había convertido en una rutina muy divertida para ellas, el esperar que Gonzalo las salude y les sonría tan amablemente.

Después de varias semanas de este juego tan singular, decidieron subirse al vagón  y conocer personalmente al chico de sus sueños. Ese día, sin embrago, Gonzalo no viajaba allí. La angustia ingresó a sus corazones, ya que habían anhelado tanto este momento de encuentro, que nunca imaginaron aquella decepción. Viajaron un par de estaciones más hasta llegar a Transilvania, la terminal de aquel tranvía, anhelando poder encontrarlo. Si bien habían recorrido esta ciudad un par de veces cuando eran más pequeñas, nunca se sintieron tan maravilladas con la mística que este lugar les proporcionaba.  Quizás una de las cosas que más las maravillaba era la abundancia de ranas que había en el parque central del comienzo de la avenida, ya que para su pueblito estas criaturas naturales eran inusuales. Pero también las encandilaban los vivos colores que en los edificios prevalecía.  Comenzaron a recorrer las calles laberínticas de la cuidad hasta llegar a un pequeño bar en la calle principal. Pensaron que su avatar había terminado, sin embargo,  se equivocaron. Entraron al bar,  ya agotadas por tanto recorrido, y mientras decidían que tomar, se dieron cuenta que en una pequeña mesa en un rinconcito se encontraba un chico muy parecido a Gonzalo.  Entre ellas, fervorosamente, decidieron quien iba a acercarse a él. Cuando finalmente la elegida tomo coraje, el chico salió del bar y cruzó la avenida hasta desaparecer entre la gente. Su intento de perseguirlo se desvaneció rápidamente. Las chicas tomaron un café,  y decepcionadas con el encuentro, volvieron  de regreso a su casa, con una idea fija en sus mentes: nunca más volverían a practicar  ese juego que las hizo ilusionar en vano.