Lo vi parado frente a la puerta, con su mochila gris al hombro, igual que aquel día cuando me había confesado todo. Con esa mirada triste que lo caracteriza hace años, desde la pérdida de su madre.

Los Versen habían sido una familia normal. Michael era único hijo, lo que significaba que fuera el malcriado de su madre. Aunque el padre no se quedaba atrás, pues, lo adoraba enormemente, amor que se plasmaba en las largas caminatas por el parque, aquellas que realizaban juntos todas las mañanas. Sin embargo, este equilibrio familiar se rompió cuando Carl, su padre, murió repentinamente de una enfermedad terminal. Esto trajo mucha conmoción en la familia. Y una profunda tristeza en Michael, quien no lo logró superar.

El tiempo pasó, y tres años más tarde su madre, Elsa, conoció a un hombre que conquistó su corazón. La relación siguió profundizándose, y pronto la familia Versen había vuelto a tener una figura paterna. Pero, como era de esperar, Michael, no aceptaría esa relación, y la actitud materna significaría para él una traición familiar. Aunque sentía dolor por la actitud de su progenitora, nunca esto se transformó en odio, al contrario su amor mutuo no se podría disolver jamás. No obstante esto no justificaba la incomodidad del joven. Vivía los días en esa pequeña casa de Palermo, como insoportables, como una carga con que debía acarrear, pero que no podía soportar jamás. La situación se agudizó cada vez y lo llevó a cometer un acto del que se arrepentiría por el resto de su vida.

 Recuerdo ese día cuando tomó el coraje de contármelo. Era un miércoles al mediodía. Estábamos sentados en la plaza, aquella por la que caminaba junto a su padre, escuchando el sonido de los pájaros y contemplando la bella tranquilidad que nos rodeaba. Cuando entre lágrimas me dijo:

– No soporto más esta presión. Sólo quería vengar el honor de mi padre, pero la mala suerte volvió a entrometerse en mi camino.

Su plan y el desarrollo llevado a cabo rondan en mi mente como ideas que no encuentran lugar donde situarse. Cómo había envenenado a su madre por equivocación, con aquella poción que era para su esposo y que accidentalmente su madre injirió; y lo monstruoso que se sentía al encontrarla yaciendo sobre el piso de la cocina con el vaso en la mano, eran recuerdos difíciles de olvidar. Todo esto me prolongaba a un círculo irreal que me generaba mucha confusión: ¿Debía guardar el secreto o delatar a mi amigo? Me hallaba en la disyuntiva cuando un ruido me sobresaltó. Creí que era Michael, pero no. Todo lo proyectado era producto de mi mente, ya que mi viejo amigo al terminar de contar su historia se marchó y desapareció entre los árboles de aquella plaza. Esta rara sensación me condujo a recordar la muerte de mi hermano, atropellado por un colectivo cuando regresaba a casa. Fue entonces cuando comprendía a Michael, y me vi a mi mismo con la misma expresión en el rostro como si me hubiera desdoblado. Si bien, quizás nunca más volvería a encontrarlo, pues creía que la desgracia le había vuelto a ganar, y debía buscar otros rumbos. Por otro lado, en mi mente yacía un sentimiento común que nos unía enormemente: el destino desdichado. Mi decisión ante esta antinomia que se reproducía internamente en mi ser fue la de tratar de olvidarlo.

Tiempo después, me encontraba de viaje en Rosario, mi ciudad natal, cuando un día, caminando por el centro con mi primo, se me hizo ver a Michael, sentado en un banco de la plaza principal. Mi inquietud fue inmediata. Le pregunté a mi primo si conocía al hombre ahí sentado, y me respondió inocentemente que era un loco que hace tiempo merodeaba por aquella plaza. La noticia me perturbó de tal modo que no quise preguntar nada más.