Después de aquella embestida,  Lautaro quedó inconsciente, la boleadora le rozó la cabeza lo suficientemente fuerte como para desmayarlo.  Los enemigos al verlo tirado en el suelo, decidieron llevárselo en calidad de esclavo, útil para las tareas penosas del desierto.

Así anduvo Lautaro viajando  por más de tres horas sobre el lomo de un caballo, cuándo por fin despertó y unos enormes ojos celestes sorprendieron a todos sus captores, nadie había visto semejante mezcla.  Enseguida le amarraron las manos a la rienda de un caballo y lo hicieron correr al ritmo del galope.  Así lo tuvieron durante varias horas, Lautaro gritaba pero nadie quería escucharlo, tenía los pies en yagas y las manos destrozadas, solo pedía morir para que el suplicio acabara.  Finalmente se detuvieron, el joven al borde del colapso con la mirada nublada veía que a su alrededor  solo había desierto y más desierto.  Para llegar a su destino tenía que caminar en esas dolorosas condiciones por una hora más, hasta llegar al lugar que sería su prisión por muchísimo tiempo, un tiempo sin nombre que le hacía olvidar las horas, los días y se iba convirtiendo en una densa masa de tormento que lo rodeaba del día a la noche.

No emitió palabra alguna, tenía la boca seca de la sangre coagulada en su garganta, que endureció y formó una costra que callaría su grito.  Su cabeza cayó y sus bellos ojos celestes  mezclados con la misma sangre, solo supieron mirar el suelo, ese polvo que le cubría las heridas de sus pies y de su desdicha.

Un día perdido en el tiempo vio que un hombre vestido diferente a los demás no dejaba de mirarlo, no entendía el por qué, había olvidado su propio rostro y con sus manos ásperas se tocó los pómulos para constatar si había algo raro en él.  Indiferente volvió a mirar al suelo y siguió con sus labores forzadas.

Dos amaneceres más pasaron frente a sus ojos y a lo lejos vio que ese mismo hombre venía hacia él acompañado de otros tantos vestidos de la misma extraña manera, ya nada peor que su día a día le podía suceder, le tomaron el brazo con suavidad y se lo llevaron con una leve sonrisa en inmensos caballos.  Al llegar a destino vio que una mujer con los ojos llenos de lágrimas y temblando se acercaba a él, junto a ella un hombre de iguales características.  Aunque todo era muy extraño, no se inmutaba ante nada, sentía que la vida pasaba sobre él ya sin angustia, el dolor se había convertido en habitual, así como su silencio y resignación.  Pero algo pasó cuándo la mujer le tocó la cara y lo hizo mirarla a los ojos, enseguida un aire extraño atravesó su garganta y un grito se estrelló sobre las puertas de la casa, no entendía que eran ellas, las empujó y supo en ese instante quién era, corrió hacia la cocina para recompensar su certeza con el cuchillo que había escondido en la campana cuando era niño.  Sus ojos estallaron a llorar y una voz de hombre dijo, ¡Madre! ¡Padre! ¡Soy Lautaro su hijo!, La pesadilla terminó, los tres se abrazaron y pasaron días de júbilo y cuidado,  pero la realidad era otra, aquel niño hecho hombre necesitaba su desierto, su inmensidad y su nada, le eran ajenas las paredes y las puertas, le era ajeno el amor y la alegría, no sabía vivir en paz  porque se la arrancaron de golpe cuando niño de la manera más cruel y aunque quiera arrullar su alma, era inútil.  Lautaro perdió su inocencia al otro lado de la cordillera y nunca más la recuperaría.