Eran malos tiempos en los toldos para los mapuches. Tiempos marcados por despojos, epidemias y hambruna. Se defendían y conseguían abastecerse como podían. Eventualmente organizaban malones sorprendiendo, con sus largas lanzas y boleadoras, a todo aquel grupo que poseía lo que ellos ya no tenían: ganado y provisiones. Pero un día fue distinto. El malón que llevaron a cabo no sólo los proveyó de varias cabezas de ganado, sino que también habían capturado a un niño blanco de enormes ojos celestes que tenía alrededor de tres o cuatro años. Habían pensado en sacrificarlo como ofrenda en su celebración ritual para evitar calamidades, pero lo cierto es que la belleza e inocencia de este niño, así como su delicadeza y buenos modales, habían logrado domar la voluntad de las mujeres mapuches, quienes lo llevaban a dormir a sus rucas y comenzaban a tratarlo como a uno de sus hijos, lo que logró frustrar el objetivo inicial.

Lo criaron bajo sus costumbres y cultura; le enseñaron su lengua, a fabricar y defenderse con sus armas y rendirle culto a sus antepasados y a los espíritus de la naturaleza. Al cabo de unos años, aquel niño era un joven al que sólo le perduraba la blancura de su tez, porque se había convertido en todo un mapuche respetado por la tribu. Una mañana vinieron por él. Un grupo de soldados blancos escoltaba a una pareja de ojos tan claros y penetrantes como los de aquel indio blanco. La pareja lloró al verlo y aunque ninguno pudo comprender lo que decían, algo en ellos inspiraba confianza, tal vez fue por eso que el indio blanco decidió seguirlos, alejándose de la toldería.

Los Mapuches pasaron varios meses sin tener noticias del muchacho de ojos celestes. Las mujeres estabas tristes y asustadas pensando en que tal vez lo habían matado, como ya habían hecho con tantos otros indios. Pero un día sus miedos se desvanecieron, un buen día el árido viento del desierto volvió a rozar las mejillas rosadas de aquel, ya, hombre blanco. Y es que quizás era predecible, a pesar de su sangre blanca, había crecido entre los indios y su corazón era mapuche; y es que tal vez era inevitable que sobreviviera lejos de lo que acostumbraba; será que para él ya era imposible desarraigarse de la Ñuke Mapu.

 María Luciana Donatelli

Comisión 63