En silencio, así había estado todo durante los últimos meses. Miró a su alrededor, siempre el mismo paisaje, siempre esa quietud que hartaba. Sabía que no le quedaba mucho tiempo allí, así que intentó disfrutar de todo eso por última vez. Su cuerpo parecía flotar, sus brazos se movían a su alrededor, sus piernas mostraban un vigor nunca antes visto y que le sorprendía. Se preguntaba por qué se sentía tan bien justo a instantes de que todo estuviese por acabar. No pudo reflexionarlo mucho, el momento había llegado.

Un terrible dolor le invadió todo el cuerpo, sintió como si se ahogara, todos sus músculos se entumecieron. No tenía miedo, sabía que esto debía suceder de esta forma y que sólo duraría unos minutos. Sus huesos parecían quebrarse, su piel rasgarse; perdió la razón por el dolor y entonces ocurrió…

Sintió frío, conoció el frío.  Una luz blanca le impedía abrir los ojos y tan sólo escuchaba voces a lo lejos. Ya no parecía flotar, todo lo contrario, su cuerpo entero era víctima de una fuerza inexplicable. Su piel recibía cientos de sensaciones distintas que no podía procesar. Inspiró una gran bocanada de aire y la exhaló en un grito atormentador.

Con gran esfuerzo, logró entreabrir los ojos para encontrase con la imagen más sorprendente que ni en sus más alocadas fantasías hubiese imaginado: enormes seres vestidos de verde con sus caras cubiertas con una tela blanca lo miraban con atención mientras pasaban suavemente sobre él una toalla. Intentó moverse, pero fue inútil, sus capacidades eran inservibles en este medio extraño.

Atónito, miraba a su alrededor: paredes blancas, objetos plateados que reflejaban la luz y más de estos seres. Él no sabía que esto ocurriría, que esto era lo que se encontraba del otro lado, no lograba ordenar sus ideas. Intentó descifrar lo que estos seres decían para comprender qué estaba sucediendo pero fue en vano, sólo logró retener una frase que pareció traerle alegría a uno de estos seres que estaba recostado: “Felicidades, es un varón”.

Mariana Rodrigo – Comisión 63