Condena

Allí estaba ella, demasiado irritada como para poder llorar la muerte de su padre, apretaba su bolso y no le quitaba los ojos de encima a Doña Victoria, que lloraba desconsolada al lado del fino cajón de metal que enterraría para siempre eso que callaban las bocas cómplices que rondaban al difunto. Así la veía Angelita, como a una extraña a pesar que era su propia madre. La observaba y sabía perfectamente que esas lágrimas no solo eran de duelo, eran de culpa, una muy grande que hacía que se ahogara en agobio más que en la inocente pena de una viuda.

Ahí estaba la dulce niña de los ojos de papá y de la indiferencia de mamá, aunque ya tenía treinta y tres años le seguían llamando así, como cuando era niña, no parecía tener la edad que tenía, tenía el mismo rostro que a los veinte y todos admiraban su lozanía. Pero ese día, Angelita dejó de ser joven y envejeció de amargura al ver tantas bajezas a su alrededor. Estaba tan enojada y triste que ni una sola lágrima se atrevía a asomarle la mirada, sus ojos estaban rojos de la ira y la impotencia de no poder hacer nada por su padre, de no poder reivindicar su vida frente a aquella familia obscurecida que llevaba su apellido. Cansada de tanta deshonra se decidió a actuar en cuestión de segundos, su padre no podía morir en vano y los buitres hacer el festín silencioso de quién se sale con la suya, ella tenía que hacer algo o sentiría que también se iría con él al olvido bajo tierra. Miró a su tío Alfonso que no dejaba de vigilar a la viuda con esos ojos que Angelita conocía muy bien y que le repugnaban cada vez que le dirigía la mirada. Tomó valor y se acercó a él lentamente, cada paso que daba era eterno, apretaba su bolso para que nadie viera como le temblaban las manos, su corazón estaba por explotarle del pecho, era cómo si al caminar no avanzara, como si permaneciera en el mismo lugar. Toda clase de pensamientos cruzaron por su mente, su padre muerto, su madre dándoselas de viuda, su abuela que era algo innombrable para ella, solo un ser tan desviado y ruin podría hacer lo que ella hizo con sus dos hijos, no merecía tampoco llamarla abuela, eran tal para cual, solo de una alimaña tal podía nacer otra. Asqueada al punto del desmayo caminó decidida a hacer lo que tenía que hacer. Finalmente junto a su tío, temblando, se inclinó para darle un abrazo de congoja, y mientras lo hacía y él le decía “ya Angelita, ya no eres una niña para ponerte así”, tomó su bolso y sacó el cuchillo que había escondido para esa ocasión, se lo hundió de un tirón en el vientre, y lo giró como un reloj sin tiempo mientras le decía al oído: “te llevaste a mi padre, ahora verás desde el infierno como te lloran esas dos traidoras indignas, rezaré todas las noches desde mi celda para que tu alma se consuma en la angustia por toda eternidad”. Alfonso cayó al suelo, Angelita desmayó y así quedaron los dos, tendidos sobre un charco de sangre que esta vez no fue en vano.