Estuve tres horas interrogando a aquél pobre hombre, su cara de pánico me asustaba a pesar de que llevo años en el departamento de investigaciones de la policía.

El interrogado era un diplomático holandés que se hospedaba en el hotel donde sucedió el crimen. Con la mirada gacha respondía a mis preguntas moviendo nerviosamente la cabeza. Era insoportable el olor a ginebra que emanaba de su boca, aun así me dio algo de pena. No pude creer lo que decía, hablaba de un cadáver que en el momento de la denuncia no se encontraba en aquella habitación pero lo describía de una manera tan exacta que debí por lo menos sospechar que era cierto, pero la escena del crimen era impecable, parecía un simple atentado de bandidos al hotel, lamentablemente eso no era lo que había sucedido. La indagatoria fue intensa porque creí que eran alucinaciones de un simple borracho. Pero no resulto ser así, aquel barbudo lleno de pecas y pelo rojo no mentía. De todas maneras como iba yo a creerle con esa pinta y ese traje amarillo que en la vida había visto en una persona a la cual yo mismo denominaría “cuerda”. En fin cometí un error, los policías también nos equivocamos, quizás si hubiese creído en sus palabras el crimen hoy estaría resuelto, pero entiendan, era casi imposible…