Lo vi parado frente a la puerta con su mochila gris al hombro igual que el día aquél cuando me había confesado todo. Tenía la misma sonrisa ganadora de cuando era joven, hasta podría decirse que la edad se revelaba por los grisáceos cabellos solamente. Las arrugas no eran un problema para él y sus ojos escondían la picardía de siempre. Ese era Michelle, mi hermano mayor, que volvía a mí después de años sin verlo. Tantos, que ni siquiera mi hija Lauren lo conocía por lo que lo miró con desconfianza y aceptó dejarnos solos a regañadientes. 25 años atrás ella no existía ni en planes, como tampoco existía la silla en la que estoy atrapado ni esta opresión en mi pecho. Para ser un recuerdo, siento que las paredes tenían mejor color y las cosas no estaban tan desgastadas por el tiempo o por la tristeza. Michelle estaba parado en el marco de la puerta con una mirada prepotente y herida y yo apoyado contra el modular, ocultando las manos que me temblaban sin cesar. Con la mirada baja, trataba de esconder la desilusión que me embargaba. Mi hermano, quien había sido mi héroe y guía para convertirme en oficial al igual que él, se había transformado en el tipo de policía que más aborrecía. Parecía mentira que quien me había enseñado a dar mis primeros pasos en la fuerza y en la vida, se había vuelto contra mí y contra todo lo que me había enseñado a respetar. Estaba contra la espada y la pared ¿Debía denunciarlo contra el sistema? ¿Acusar a mi hermano mayor de policía corrupto? No había sido necesario abatirlo con preguntas, Michelle sabía que yo iba a descubrirlo tarde o temprano, o quizás me lo había contado por ser de su sangre. Lo obligué a devolver su placa y su arma e irse lejos. Supongo que ya lo había intuido, porque me miró por última vez y me dijo que en algún momento de mi vida lo comprendería, cuando recibiera sólo una palmadita en los hombros por mis esfuerzos.

Fue una gran sorpresa saber que la noticia de mi tragedia había llegado tan lejos. “Sos un  héroe” me dijo, pero calló al ver las ruedas de la silla en cuanto levanté la frazada que tapaba mis rígidas piernas. Se sorprendió un poco y un destello de pena recorrió su rostro, pero rápidamente dio lugar a su típica sonrisa y fue a buscar whisky de la alacena de la cocina. Ni en 25 años había cambiado su lugar.

De repente un ruido me sobresaltó, creí que era Michelle pero no. Un joven del correo había golpeado a la puerta con dos paquetes para mí. El más pesado era el de la Policía Nacional Francesa, con una carta y una medalla de honor. En los primeros dos párrafos me elogiaban y agradecían mis esfuerzos, un patriota, un buen policía, y se mostraban orgullosos de la medalla que acababan de darme, lamentándose porque no pude concurrir a la ceremonia debido a mis recientes falencias físicas. Pero a medida que llegaba el final de la carta, se iba volviendo más fría, comentándome que la módica pensión que recibiría no podría modificarse aunque sea jefe de familia. Entonces comprendí a Michelle y me vi a mi mismo con la misma expresión en el rostro, como si me hubiera desdoblado. Ambos habíamos llegado a manifestar el mismo asco y odio por lo que quisimos tanto alguna vez. Arriesgué mi vida para salvar a aquella niña en el asalto, tuve miedo de no volver a ver a mis hijos, a mi mujer, de no ver el pasto verde crecer sobre el jardín… Y aquí estoy, después de actuar como escudo humano para salvarla, sin poder mover mis piernas, y con una pensión que no alcanza para mantener a mi familia.

Michelle no necesitó leer la carta para saber lo que decía, había recibido una parecida cuando lo balearon hace 26 años.

-Y bueno hermanito, así son las cosas. Pero supongo que no querrás que hablemos al respecto.

-Estás en lo cierto. ¿Cómo te ha ido en tanto tiempo?

-Bastante bien, hubiese hecho mejores negocios si no hubiese devuelto la placa pero me las arreglo para vivir bien.

Abrí el segundo paquete, que tenía un retrato de una familia feliz y una carta manuscrita. Era del padre de la niña que había salvado, por la que me habían herido.

“(…) Somos una familia humilde por lo que no le puedo retribuir como usted se merece, pero quiero que sepa que sus esfuerzos no fueron en vano. Usted nos hizo más feliz que nunca al devolvernos a nuestra niña sana y salva. Y recuerde todos los días, que una niña en el mundo puede seguir viviendo feliz gracias a que hay héroes como usted”

Michelle no percibió las lágrimas en mi rostro mientras relataba sus últimos grandes negocios; drogas y armas. Finalmente, no éramos nada parecidos. No quise preguntar nada más.

Rocio García comisión 63