Tan sólo permanecían allí, inmóviles, uno frente al otro, segundo a segundo escuchando la respiración jadeante y agitada del enemigo que aguarda con ansias incontenibles la llegada inminente del momento cúlmine: para uno, la muerte, para otro, la venganza.
Desde mi escondite pude ver al comandante de la expedición medio tendido en el lodazal de barro y sangre soportando apenas el peso de su cuerpo sobre su brazo derecho, comprimiendo el barro bajo sus dedos por el miedo y el odio y con su brazo izquierdo cubriendo su rostro aterrado esperando en vano que le sirviera como defensa frente al ataque del salvaje rival. Frente a él, permanecía erguida, amenazante, la ruda musculatura semidesnuda del nativo; su lacerado pie izquierdo por delante, la piel de un yaguar (posiblemente cazado días atrás) anudada a la cintura y su brazo derecho alzado sosteniendo tenazmente una filosa y puntiaguda lanza teñida de un rojo europeo. Apuntaba en dirección a ese desconocido, parecía tener la férrea convicción de aniquilar al invasor sin piedad alguna para que pagara por irrumpir en la paz de la madre naturaleza. En sus ojos, desorbitados y enrojecidos, la furia y el temor se entremezclaban, y en su rostro y pecho, había pintada una raya azul que quizás indicara su condición de guerrero o de líder, no lo sé.
Oculto tras un enorme Timbó, era espectador involuntario de esa escena dantesca, más hubiese preferido ser yo quien muriera por la lanza, no resistía tanta tensión.
De pronto, como quien agrupa a un pelotón, el indio dio un alarido muy particular y en un instante una gran cantidad de Payaguáes, que reunidos en medio de todos los muertos analizaban con extrañeza un arcabuz y un astrolabio, se formaron en semicírculo para presenciar el último acto. Luego, como una turba iracunda comenzaron a exclamar a una voz:- ¡mano!, ¡mano! (muerte en guaraní). Con resignación, el comandante volteó hacia un lado donde el agua del Río Paraguay corría mansamente, entonces, creo haberlo visto sonreír levemente, puede ser que haya recordado la travesía por el Alto Perú, la leyenda del “rey blanco”, las fronteras Incas conquistadas o las riquezas obtenidas en Sucre y Potosí que por el naufragio no llegarían hasta la corona española.
El fin llegó. Las voces se elevaban acorde al movimiento del brazo victimario, yo no tuve valor y cerré los ojos, un estallido de agudos y alborotados gritos celebraron la victoria. Se lo llevaron, arrastrándolo por los pies, al cuerpo sin vida de Alejo García, probablemente harían con él un festín, como años antes ocurrió con su compañero Juan Diaz de Solís. 

Elina Carretto /Comisión 62