Lo vi parado frente a la puerta con su mochila gris al hombro, igual que el día aquel, cuándo me había confesado todo, la mochila ya estaba rota, las manos le temblaban mucho más ahora que aquella vez, un día tan lindo, lleno de sol y sonrisas cuándo de pronto apareciste con esa cara, esa de “lo hice otra vez” que traías encima, me juraste que era la última vez que lo hacías.

Por entonces lucias distinto, un poco más flaco y buen mozo, me gustabas tanto, todo quién te veía tenía que comentar algo sobre ti, que tus ojos, que tu manera de hablar, que tu sonrisa, eras tan hermoso, tu mirada aún no tenía una niebla tan siniestra como la de ahora, tus venas no se habían corrompido, eras inocente, o al menos eso parecías, podía ver nítidamente en tu pupila, un girasol que giraba y giraba cada vez que sonreías, qué más da, eso ya pasó, ya se rompió tu inocencia igual que tu mochila gris, traes la misma cara, parece que nunca cambiarás, “no puedo parar de hacerlo, algo oscuro se apodera de mi y mueve mis manos, solo hay gritos y asfixia dentro de mí,  hace que no me importe nada, no escucho, no veo, no siento, solo quiero poseerla, no me puedo resistir”, me decía mientras lloraba lágrimas mescladas con barro y sudor.

Le dije que se fuera en el acto, que era peligroso que alguien lo viera, realmente no creí que fuera tan fácil pero se fue, desapareció tan rápido que no sé si lo viví o solo lo recordé, hay demasiados recuerdos como para poder diferenciar mi mente de la vida real, me pregunto como un martillo si la vida real existe o es solo el recuerdo de otra vida que ya pasó, algún día lo sabré, lo importante es que me lo dijiste, que confiaste en mí, como cuándo andábamos de la mano para cuidarnos el uno al otro, tu mirada era tan frágil y tus lágrimas tan fáciles, te emocionabas por todo y no creías en eso de que los hombres no lloran, me decías que cada vez que llorabas era como si un rio cristalino te atravesara, éramos tan felices, ¿te acuerdas?, tantos recuerdos tengo de ti, y siempre aparecen cada vez que desapareces, qué más da, solo quiero dormir profundamente y olvidarme de todo…me decía a mi misma mientras me desvanecía sobre el mostrador sin esperanza de volverlo a ver, de pronto un ruido me sobresaltó, creí que era Michael, pero no, era el dueño de la tienda que al verme casi dormida me preguntó a gritos  quién era el hombre que había estado conmigo, le dije que era solo un cliente y que preguntó por algunos precios, furioso se fue refunfuñando, mi corazón latía a mil por hora, no por lo que mi jefe estaba a punto de descubrir sino porque yo no lo había imaginado, había vuelto a suceder, todo se había repetido, otra vez, él aparecía en mi vida con esa cara, con esa mochila, con esa mirada ¡vacía y corrompida! es una pesadilla que no tiene fin, algo tengo que hacer para que esto acabe.

Agarré mi cartera y vacié todo lo que llevaba a la basura, solo dejé mis llaves y dinero, bajé a la bodega para llevarme todos los vinos que pudiera, las cosechas más exclusivas, las etiquetas azules y demás, al fin de cuentas nunca iba a volver, llamé por teléfono a nuestro viejo contacto y le hice el pedido de siempre, lo esperé en la esquina y me lo entregó, manejé mi auto a toda prisa hasta la casa abandonada  y ahí esperé y esperé mientras coloreaba mis venas con vino y jeringas.  Pasaron horas, quizá días, nunca lo sabré, tenía combustible suficiente para muchos días más, como aquellos cuándo jugábamos en la misma casa abandonada, por entonces habitada, nos metíamos sin permiso por el patio trasero y ahí nos quedábamos abrazados hasta desvanecernos en el sueño de los días felices y las certezas.

Pocos años después, quizá teníamos quince, ahí estaba yo, en el mismo lugar que me encuentro ahora, tirada en esta choza abandonada, recuerdo que la luz del sol me daba directo a la cara hasta que una sombra me devolvió el aire que hoy me ahoga, era él, parado junto al marco de la puerta mirándome, tenía lágrimas en los ojos, su río no se había secado aún, entonces comprendí a Michael, y me vi a mi misma con la misma expresión en el rostro, como si me hubiera desdoblado, yo también lo hice otra vez, me vi sumida en el despojo de las voluntades, solo quería responderme a mi misma todas esas preguntas que me acosaban, quería responderme por qué un hombre tan puro pudo caer tan bajo, pudo llegar al límite de robar para inyectarse, de traicionar mi confianza y poner en riesgo mi vida nueva, habían tantas preguntas que decidí vivirlo, decidí probar por mi misma a que sabía volver a caer en el mismo hueco, para acompañarlo en su dolor y tener el sueño de salir de esto juntos de la mano, cómo cuándo niños, fue en ese momento que apareciste igual que aquel día, te miré a los ojos y no quise preguntar nada más.