La vi parada frente a la puerta, con su mochila gris al hombro, igual que el día aquel cuando me había confesado todo. Nunca creí que sería capaz de volver, después de semejante escena, de comunicarme tal noticia. Pensar que éramos tan felices, lo teníamos todo, un hogar, un auto, y pronto llegaría nuestro primer hijo. No existía la posibilidad de que algo saliera mal.

Tomábamos un café en nuestro bar de siempre, ella un capuchino sin canela acompañado de un mafin relleno, yo simplemente un cortado en jarrito. Allí me lo dijo, la gran noticia: -Estoy embarazada mi amor!-Con los ojos llenos de lágrimas. No podíamos creerlo, íbamos a ser más que dos, después de tantos tratamientos, intentos y fracasos, tantas, pero tantas lágrimas. Un buen día decidimos abandonarlo todo, pastillas, inyecciones, todo. Quién iba a decir que al fin la naturaleza actuaría.

Los meses pasaron y pasaron. Teníamos todo para nuestro futuro hijo, y en la cama ya no entrábamos los 3. Aquel día, ella empacó todas sus cosas, las de mi hijo, en su gran mochila gris.

Transcurrieron los días, las semanas, los meses y nada sabía de ellos. Todas las noches dormía pensando en que volverían. Una noche, un ruido me sobresaltó, creí que era Michael pero no, no era ella entrando por la puerta; en realidad nunca supe de donde provenía el sonido.

Su mejor amiga me visitaba seguido, traía siempre mafins rellenos y se preparaba capuchino sin canela, alga que me hacía recordar tanto a ella. Era la única visita que tenia, por eso nunca le dije nada de los mafins y esas cosas, no quería ofenderla. Un día, finalmente me explico porque ella se había ido, me marco cada detalle, cada triste momento. Entonces comprendí a Michael y me vi a mismo, con la misma expresión en el rostro como si me hubiera desdoblado. Era yo mismo el que estaba provocando eso. Nunca entendí porque su amiga lloraba tanto cuando me lo explicaba.

Ahí estaba ella, al fin, tan hermosa como siempre, quizás más, ya había sido mamá. Tristemente para mí, estaba sola, no venía acompañada del pequeño ser que juntos creamos. Teniéndola frente a frente no dudé en preguntarle a ella misma por qué me había dejado, necesitaba escucharlo de su boca. Muy angustiada me dijo:

-Aquel día te lo dije todo, no pudiste escuchar, pero es normal que esas cosas sucedan en tu situación.-

-¿Qué situación? ¿De qué me estas hablando?-

-No fuimos nosotros los que dejamos nuestro hogar, no fuimos nosotros los que te abandonamos. Vos, de un día para otro, dejaste de estar con nosotros. No estás en la realidad, existe una enfermedad que lamentablemente no te lo permite. Por eso estas acá.-

Por un momento recordé haber escuchado esas palabras y visto esas mismas lágrimas,  entonces entendí que ella siempre vino a verme, que no era su amiga, si no ella. Era tal la confusión que me invadió y la tristeza que me recorrió el alma, algo imposible de inexplicar. Me quede mudo, sin palabras. No quise preguntar nada más.