De repente el vaso se soltó de mis manos. Su estallido contra el piso me hizo despertar de un salto, sólo el reloj y yo supimos cuanto tiempo estuve dejándole a mi mente libre albedrío. El dolor rápidamente se apropió de mi cabeza y vejiga. Sin embargo la botella no estaba vacía, mi sueldo me permitía whisky, pero no del bueno. Mientras trataba de embocar en el migitorio, a pesar de mi resaca, no podía dejar de pensar que por fin todo había terminado, ya era tarde para pensar si lo hecho había estado bien o mal. Cuando me disponía a salir del baño me sobresalté, lo vi parado frente a la puerta con su viejo maletín, igual que el día aquel, cuando me había confesado todo. Con los ojos bien abiertos y desorbitados, preso de un odio incontenible. No sabía bien qué era lo que iba a suceder en aquel momento. Daba por hecho que el único que había salido vivo de esa oficina era yo.

Me encontré desesperado, no tenía dinero para la pensión de mis hijos ni para pagar mi habitación y mucho menos para pagarle a Mark, el dueño del bar, todo lo que le debía. A mi lado, en la barra, estaba Michelle, arruinado como yo, otros problemas lo envolvían pero l cara de preocupación era la misma. Ese fue el momento en que me hizo su oferta, debía eliminar a Jack. Las deudas que mi amigo tenía con él eran impagables y yo estaba dispuesto a hacer lo que fuera. Lo íbamos a hacer juntos, ir a su oficina de prestamista y matar al viejo. Parecía simple. Como dormía detrás de su escritorio sabíamos que iba a ser fácil encontrarlo. Forzamos la cerradura y me adelanté con el revolver que me había dado Michelle. Mi corazón latía tanto que podía escucharlo en mi cabeza. Cuando estaba por llegar a la cama del viejo Jack un ruido me sobresaltó, creí que era Michelle, pero no, era Jack que ahorcaba a mi amigo. El miedo y la confusión se apoderaron de mí. Disparé sobre ellos, más por instinto de supervivencia que por sentido común.

Me mostró las fotos que había en su billetera, entonces comprendí a Michelle y me vi a mi mismo con la misma expresión en el rostro como si me hubiera desdoblado. Había entre nosotros más similitudes de las que yo me había imaginado hasta ese momento. Salimos del bar, nos subimos a su auto sin hablar. Al encenderlo nos miramos, ya sabíamos que había que hacer. No quise preguntar nada más.

Federico Campos