Morfeo
Había sido un día realmente agotador. El correr para todos lados, llevando y trayendo papeles, el tránsito, la gente, comenzaba a estresarme. Llegué a mi casa con ganas de acostarme y desaparecer de la faz de la tierra por unas horas, despejar mi mente totalmente, no tener responsabilidades.
El continuo martilleo de un escultor desvió mi atención hacia una de las Cariátides del templo de Erecteion. Debía apurarme, no podía quedarme mucho tiempo fuera del gineceo. Vi al pedagogo buscarme entre la multitud. Intenté correr, pero las estrechas callejuelas y el bullicioso mercado me lo impedían. Al doblar en una esquina, me topé con un efebo que también estaba huyendo de una de sus clases. De repente escuchamos el grito de su pedotriba. El joven ateniense tiró súbitamente de mí hacia una columna cercana para resguardarnos. Al volver la vista, quedamos atónitos ante aquel pórtico. Nos encontrábamos dentro del Partenón. La gran estructura arquitectónica se erigió ante nosotros, dejándonos minimizados. Nunca antes había estado allí.
El muchacho me condujo por todos los rincones contándome la historia de la impresionante maravilla. La increíble paz que transmitía parecía un sueño. La imponente figura de la diosa Atenea en el medio del salón, los relieves tallados en mármol, radiaban una energía inexplicable.
Al salir del recinto, el joven efebo me confesó no querer volver a sus obligaciones. No deseaba ser un guerrero toda su vida. A veces, soñaba con viajar en el tiempo y cambiar su destino. Pero su camino estaba marcado y debía responder ante cualquier atentado. Silenciosamente lo escuchaba y sentí una extraña conexión. Algo en mi cuerpo se movía. Una nube blanca envolvió el ambiente y todo quedó atrás.
Un golpe seco me turbó. Malhumorada recogí la carpeta del suelo y ordené los papeles que debía entregar al día siguiente.