Todo estaba listo, el cuerpo vestido con sus mejores trajes, los pómulos muy bien maquillados, los ojos cerrados con un gesto irónico, una leve sonrisa dejaban ver sus labios azules, las manos cruzadas sobre su pecho y en ellas una rosa blanca, así estaba Don Gerónimo, sobre esa cama de algodón sin aire que lo acogía hasta la eternidad, la madera era caoba, tal como él lo había pedido, la música era de Chopin, el nocturno número dos para ser precisos, todo como él lo había escrito de puño y letra en las dieciséis hojas que llevaba a mano aquel joven que lo observaba todo. ”…Nada de llantos, nada de colores negros, nada de nada, será solo una ceremonia más, como las tantas que he celebrado…”, recordaba aquel joven en la voz de Don Gerónimo, nadie sabía quién era él, nadie lo había visto antes, los familiares empezaban a murmurar, pero él imperturbable observaba todo como si hubiese sido convocado a una pieza de teatro, era como si ya supiese que venía después de qué.  Empezó a observar a la familia y buscó entre la gente a aquella mujer de cabello rojizo y gesto de fiera que rondaba por allí, estaba nerviosa, iba de un lado al otro, no hablaba con nadie, excepto con ella misma, él trató de acercársele pero era casi imposible avanzar entre el mar de gente sombría que había asistido a despedir a Don Gerónimo.  Todo estaba en su lugar tal como él lo había predicho, incluso aquella imposibilidad, él no lo podía creer.  Impaciente, buscó la mirada de aquella mujer sin descanso,  hasta que finalmente se encontraron, ella le fijó los ojos y enseguida se acercó a él a toda prisa, como un tren descarrilado, ¡eres tú! Le dijo, eres tú quien me vendría a buscar, también recibí las dichosas quince hojas, el joven perplejo asintió, al instante ella le entregó un sobre, si ese maldito viejo me ha engañado…., hice todo como me lo pidió, cada maldito detalle,  dijo sin más, él tembloroso tomó el sobre que ya estaba abierto, escrito en algún código o dialecto desconocido,  miró el papel y quedó inmóvil, e hizo un gesto con la cabeza como diciendo, es inútil no lo entiendo, la mujer indignada salió atropellando a todo quien se le cruzara en el camino y desapareció entre la gente, el joven nuevamente miró el papel y leyó: “entre mis manos yace aquí y ahora el gran anhelo de los infames”, se acercó lentamente al elegante ataúd y abrió la tapa con un gesto disimulado de despedida y pesar, arrimó la rosa y vio que el pétalo de atrás estaba escrito: “Calle Florista 222 casillero 111, Puente Cambridge, cincuenta millones.  Ella lo hizo, haz con ellos lo que corresponda”. El muchacho salió del lugar, se dirigió a la calle Florista, y recibió el dinero, una maleta negra muy pesada, la cargó y la llevó casi a rastras hasta el puente Cambridge, allí la  abrió lentamente y con sus manos temblorosas, uno por uno arrojó los billetes al río,  los dejó ir, como pétalos de rosas blancas.