Al despertar se encontró en una isla. Cansado se incorporó y comenzó a observarla panorámicamente desde la orilla. En contra de su voluntad, cedió y se dispuso a conocerla. Dentro de si había una fuerza que lo obligaba a hacerlo, debía conocer su nuevo entorno y acostumbrarse al mismo ya que era imposible determinar cuanto tiempo se encontraría en aquel paraíso. La isla era de ensueño, una típica isla producto de su imaginación, con aguas cristalinas y arenas blancas, adornadas de palmeras y hermosas aves. Una sensación de falsa realidad invadió al fatigado Matías, a simple vista el calor era agobiante, el rayo de sol descubría esos infinitos polvos que flotan libres en el aire y el mar parecía adormecido, en tanto que la blanca arena isleña quemaba sus desprotegidos pies. Sin embargo un frío otoñal lo acompañó durante su inspección.

Aquellos monos parecían alterados ante la visita de un extraño, trepaban de árbol en árbol, chillaban de rama en rama, observaban cada movimiento de Matías, que no parecía sorprendido y no mostraba intenciones de detener su mirada tan siquiera un segundo sobre sus colegas isleños, que parecían inmersos en otra realidad.

 -Sólo son monos –pensó Matías-. Idiotas chimpancés que me miran alardeando su frivolidad.

El centro de la isla era un caos urbano, decenas de monos chillando, animales de todas las especies, algunos ocultos, otros a simple vista entre los árboles, corriendo, gritando sin parar y hasta chocándose entre ellos incomodando a Matías que sólo se limitaba a caminar con la mirada fija en el horizonte que divisaba a lo lejos, buscando una urgente salida para así nunca mas regresar.

La visita al Doctor Porter, especialista en autismo, no fue del todo satisfactoria. Pocos fueron los avances logrados sobre Matías en los últimos meses. Una hora después, el viaje de retorno a su hogar, en las afueras de la ciudad, no fue del todo agradable para él. El congestionamiento de vehículos, las pobladas avenidas que las frías y céntricas calles ofrecen lograron alterarlo mientras se repetía una y otra vez a si mismo:

 -Sólo son monos, idiotas chimpancés que me miran alardeando su frivolidad.

Sebastián E. Branciforte – Comisión 62