Como tantas noches atrás, se había acostado añorando los días de rutina y aparente cordura. Si bien no era el mismo desde aquel momento en que se vio obligado a abandonarlo todo, en su interior, y a pesar de su desdibujada y maltraída imagen, aún conservaba el recuerdo de los viejos días de gloria, de familia, y su respetada posición social como diplomático, recuerdo que lo llevaba a la inevitable nostalgia, esa que solo apaciguaba una buena copa de ginebra en plena madrugada. Nada de aquel respetado emisario quedaba, excepto la fantasía.

Fue por eso que su ilusorio estilo de vida, producto de una repentina esquizofrenia irrecuperable, lo llevó  aquella vez a un albergue en pleno infierno.

El bombardeo esa mañana lo tomó por sorpresa. Ebrio como siempre, caminando a pasos torpes, decidió cruzar de ala y poder ver lo que estaba sucediendo con sus enrojecidos y cansados ojos.

Lunático sí, pero tonto no. Pudo notar en el rostro del conserje cómo su aparición le resultó no solo incómoda, sino inoportuna. Al ver el resto de lo que minutos atrás había sido un extraño hombre de rasgos árabes, comenzó a pedir explicaciones y solicitar ayuda a los gritos, pero nadie pudo entenderlo, como era costumbre en plena resaca.

Con el paso de las horas pudo divisar mucho movimiento extraño, de gente y papeles por igual. Fiel a su condición esquiva y solitaria, decidió seguir todo desde las sombras. Una vez que el conserje abandonó el edificio, el diplomático que aún pasaba inadvertido salió a paso apresurado siguiéndolo.

Sacó su petaca, y le dio el último beso. Un proyectil ya había sido disparado hacía su confusa figura, de pintoresca imagen y paso errante. Ya nunca lo verían entrometerse nuevamente…