Sentada frente a su computadora, Rocío se dispuso a investigar para el trabajo práctico que tenía que hacer sobre las Grandes Dionisias. Ella era amante del teatro, y a pesar que le encantaba el tema en cuestión, la información que encontraba le parecía muy aburrida, ningún texto lograba cautivarla.

Luego de varias horas de leer, cansada y sin inspiración para escribir, el hipervínculo de una página Web le llamó inexplicablemente la atención. Decía, “conozca el antiguo teatro griego como nadie se lo ha mostrado”. Intrigada, hizo clic, y luego de experimentar una extraña sensación, se encontraba sentada en las gradas de un teatro, entre el multitudinario público. Estaba totalmente desconcertada, pero se propuso no pensar qué había ocurrido y disfrutar el increíble momento. En ese instante, logró vislumbrar la estatua del dios Dionisio, que se hallaba en un altar en el centro del teatro. “¡Las Grandes Dionisias!”, exclamó la joven, algo exaltada.

Comenzó a prestar más atención, y por el conocimiento que había adquirido luego de leer tanto sobre el tema, se dio cuenta que estaba entre el tercer y sexto día de la fiesta, en los que cada autor presentaba cada día una trilogía y un drama satírico.

Las máscaras que usaban los actores le parecían increíbles, eran gigantes al igual que los coturnos, unos enormes zapatos de madera que daban altura a los actores. Los ropajes diferían en colores, oscuros, alegres, normales, y negro para el coro, que estaba junto a la orquesta y acompañaba a la escena.

Mientras contemplaba al diverso público, desde los prestigiosos ciudadanos ubicados en asientos preferenciales hasta las distintas tribus que tenían sus sectores asignados, Rocío tuvo una ráfaga de inspiración., y luego de sentir la misma extraña sensación de antes, se hallaba nuevamente frente a su computadora, dispuesta a escribir el mejor trabajo práctico que jamás hubiera imaginado.