Por el amor de Dios, ¿quién me habrá mandado a venir aquí? Afortunadamente ya me hice de los documentos. No veo la hora de marcharme. Un pequeño sorbo de whisky para pasar el rato no vendría nada mal; el del hotel no es nada bueno. Que astuto eres Johan, siempre llevas a mano una de tus botellas.

Comienzo a tener calor; ¿para qué el traje?, no estoy en ninguna convención de reyes. Me pondré lo más cómodo que encuentre. Estoy realmente convencido que es la habitación la que se mueve, no yo. La pequeña mesa de madera no tiene ninguna otra cosa más importante que hacer que obstaculizar mis pasos. El whisky, la mesa, yo; el whisky, la mesa, yo…

¿Ya pasó el pequeño sorbo? Que tiempos los de hoy. Tendré que recurrir a la repugnante bebida de la hostería. Increíble que no llegue licor de calidad a estos horizontes; será por la guerra. ¿Cuánto tiempo hace qué no siento la calidez de una dama? Ya no recuerdo el rostro de Justine; los viajes la han borrado de mi memoria; los viajes y demás cosas.

Me desplomo tal como si mi hora final habría llegado. Aún se oye el eco del estruendo. Nunca antes había oído algo de tamaña magnitud. Siento confusión; iré a ver qué pasa. La mesa estaba otra vez interrumpiendo mi paso.

Abro la puerta de la habitación y diviso en el ala contigua un absoluto desastre. La guerra había tocado la puerta al hotel. Uno de los cuartos había quedado totalmente destrozado. Atemorizado, decidí acercarme hacia allí.

En el camino, corroboré mi teoría acerca de que era el hotel el que se movía, no yo. Había un empleado del lugar junto a otros individuos. En el centro de la habitación, lo que había quedado de la cama; sobre ella, para mí sorpresa, un cadáver.

Pregunté quién era el difunto; la comunicación se tornaba compleja. Nadie lograba entender mis palabras a pesar de mi utilización fluida del croata. ¿Qué más da?, no vine con el objetivo de velar a nadie; debe ser tan solo un numero más en la cifra.

Fernando Falasca

Comisión: 63