Llovía hace semanas, y hacia tanto tiempo no se veía la luz del sol. Estaba por amanecer pero, en el mundo entero, ya nadie esperaría el alba. Luego de años de guerra, la tierra había cedido ante el maltrato del hombre. La oscuridad y el agua, todo lo cubrían, y los pocos habitantes del planeta que, habían sobrevivido a las atroces catástrofes, se encontraban refugiados en las montañas.

Esa mañana la lluvia ceso, y entre las grietas asomaron los primeros rayos brillantes.

Curioso por ver que ocurría, decidí asomarme junto a un pequeño grupo de personas que se encontraba allí conmigo. Quedamos anonadados al ver, desde la meseta, que el agua había retrocedido, y el sol salía desde el oriente. En las laderas se veían grupos temerosos de hombres que, al igual que nosotros, querían ver que estaba sucediendo.

A lo largo y a lo ancho, no se divisaba construcción alguna, o elemento propio de los últimos días de la contemporaneidad. A la intemperie, un frío helado, como nunca había sentido, estremecía hasta lo más profundo de mis huesos. En las llanuras lejanas, podían divisarse animales y plantas de desconocidas formas y asombrantes tamaños bajo el cielo cobrizo, un paisaje que solo había visto en libros o museos. Pero aquello era tan real como el viento gélido, más puro aún que el de cualquier fresca mañana que me haya tocado vivir. Tan real como aquellas inmensas aves levantando vuelo que, lejos de ser palomas, agitaban sus aletas por sobre inmensas copas de árboles.

Algo en mi interior supo en ese instante que, de alguna extraña manera, nosotros como humanos habíamos sido perdonados, y era momento de volver a hacer. Como si en algún momento del camino nos hubiésemos desviado, y ese fuese el momento para empezar nuevamente de cero. Lo supe cuando no pude expresar lo que sentía en palabras. Como si el lenguaje todavía no existiese, intentaba modular mi boca y decir algo, pero no había caso… Quizás haya sido también que, entumecidos los músculos de mi cara, estaba ya despertando de mi sueño…