El ovillo de lana

Eran las 3 de la mañana y el Inspector Álvarez aun no quitaba los ojos de la escena del crimen. Todo estaba en perfectas condiciones en aquella oficina y transcurrida ya una semana, no se había logrado hallar pista alguna.

La calma que allí reinaba fue interrumpida por el ingreso a la habitación de una hermosa pero extraña mujer, con cabellos largos y tez albina, que traía a su lado a la mascota de la víctima. Los allí presentes comenzaron a intercambiar datos, hipótesis y declaraciones con la recién ingresada, pero todos quedaron en silencio cuando el animal se soltó de la muchacha y comenzó a olfatear hasta detenerse en un rincón donde había muchas bolsas con ovillos de lana en el interior.

El Inspector no cesaba de lamentarse, no podía creer cómo un objeto tan banal como aquel podría contener en su interior la respuesta del misterioso crimen. Ovillos con manchas de sangre, y el más pequeño de todos, el que ante cualquiera hubiese pasado desapercibido, contenía la pista fundamental, la bala que había terminado con la vida de Manuel Castillo.

Ahora todo comenzaba a concordar. El viaje inesperado a Albania de la mujer de Castillo por “cuestiones laborales” y la renuncia de la secretaria de éste, la misma semana de su muerte, no eran hechos aislados. Todo tenía su razón su ser, y cuando en la investigación se halla a un delator, los interrogantes comienzan a responderse fácilmente. Una desdichada mujer, aquella subsecretaria de cabellos largos y tez albina, que no pudo hacer más que romper el silencio y relatar los conflictos que a diario se desarrollaban en aquel lugar de trabajo; las aventuras de su jefe con la secretaria, las desventuras de éste con su mujer, y un sin fin de acontecimientos.

Una vez más, conflictos amorosos, relaciones pasionales, amor, infidelidad, venganza, terminaron con la vida de un hombre, asesinado por su propia esposa.