Johann van Bommen, un diplomático holandés, se encontraba en camino a la cuidad de Sarajevo que por esos momentos estaba atestada de horrores. En el trayecto recordaba las historias que su mujer le contaba; los momentos por él olvidados que ella le rememoraba. Por su cargo, él estaba alejado físicamente de su esposa, quien no superó el abandono.
Cinco horas más tarde ya había arribado a su destino, a una habitación de hotel pequeña con las comodidades básicas. La recorrió tranquilo y dispuso la botella con su bebida favorita en una vieja mesita con su reloj parado a las doce treinta de algún mediodía; todo mientras el sol caía y escuchaba ruidos lejanos que le parecían explosiones en el espacio.
Tomó asiento, se desanudó la corbata y sentado en una esquina de la cama, releyó la serie de documentos que debía recoger a la siguiente mañana en aquél mismo sitio; una última hoja especificaba los datos del hombre que debería dárselos. Y entendió que su paso por esos lugares sería fugaz.
Luego, comenzó a beber, vaso tras vaso y hundió el cuerpo en las sábanas. La noche lo cercó comenzando por la ventana y sin un ruido bélico, el holandés escapó un momento a su hogar, con su lejana mujer que todavía lo amaba. Estaban abrazados en la cama, inmóviles, para que el tiempo confundiese y parara.
La realidad le sacudió el cuarto. Y cuando abrió los ojos y vio la habitación color naranja, tomo sus gafas y caminó zigzagueante hacia la puerta. En cuanto abrió, el concreto hecho polvo tiñó su camisa y pantalón: una habitación había sido arrasada mientras el soñaba. El mortero por poco alcanza su cuarto. Siguió las huellas de los escombros y se encontró sólo, con los pequeños ruidos de material cayendo a pedazos.
A medida que avanzaba, un viento frío comenzó a soplar desde el final del pasillo, un viento que arrastraba una nube de concreto y despejaba el camino. Vio papeles volar y un hombre tendido en el suelo. Se arrodilló a su lado y comprobó que estaba sin vida; miró hacia atrás y un hombre se acercaba. Lo miró con tristeza y se marchó, limpiándose el polvo de la cara, la camisa y las gafas.

Aldana Medina
Com. 63