Mariela era una joven de tan sólo 12 años que vivía en la ciudad de Córdoba junto a su familia. Todas las mañanas se levantaba temprano, tomaba el desayuno y se disponía a estudiar la lección del día, ya que era muy buena alumna. Sus maestros estabas fascinados con la capacidad intelectual de la joven, quien recibía felicitaciones continuamente.
Como ya se acercaba fin de año y Mariela deseaba ser abanderada, se esforzaba cada vez más para sobresalir entre sus compañeros. Tal es así, que cuando la profesora de historia anunció que el próximo capítulo trataría acerca del Antiguo Egipto, la joven decidió leerlo esa misma tarde.
Y así fue. Al llegar a su casa, luego de un largo camino en colectivo, Mariela subió corriendo las escaleras que la llevaban a su cuarto, y se tiró en la cama a ojear el manual de historia. Al cabo de unos pocos minutos, el sueño la fue atrapando, y de esa manera comenzó aquel viaje que nunca jamás olvidaría. Al dar unos pocos pasos, se encontró con inmensas pirámides y decenas de cuerpos momificados. Mariela no tardó mucho tiempo en darse cuenta que estaba en Egipto, ya que numerosos hombres iban de un lado al otro cuidando los cultivos cercanos a las orillas del río Nilo, como ella había leído. No sólo vio los sistemas de diques, estanques y canales de riego, sino que además  presenció cómo los egipcios cultivaban cereales, lentejas, cebolla, puerros, y hasta uvas, dátiles e higos. Sin embargo, lo que más le llamó la atención fue su sistema de escritura, compuesto por un papel muy extraño conocido como papiro. Si bien intentó entablar conversaciones con los egipcios, notó que su idioma era muy extraño y completamente diferente al que ella conocía.
En un momento dado, mientras caminaba junto a las orillas de ese río del que tanto había oído hablar, Mariela sintió un golpe muy fuerte en la cabeza y se desvaneció. A los pocos minutos, abrió los ojos y reconoció las paredes de su cuarto. Así fue como descubrió que se había caído de la cama y que todo eso que parecía tan real, sólo había sido un sueño.

Jazmín Bronstein
Com. 63