“Sólo dos días de paz y música”

Empezó como curiosidad. Joaquín había vuelto de Tucumán, encandilado por lo que nosotros considerábamos novedad. Un chaman le había recomendado unos hongos alucinógenos, llamados San Pedro, y le había dado explicitas condiciones de cómo tomarlo. Era una infusión, que según habíamos entendido no era peligrosa, pero su efecto lisérgico, podría tenernos varias horas en trance.

            Nos entregamos a la mano de Joaquín que escoltaba la ceremonia (el ya había incursionado en el hongo en su viaje al norte). Facundo y yo bebíamos lentamente la taza que nuestro amigo nos ofrecía, quizás era la intriga de conocer lo que nos esperaba (no me atreví a decirlo, pero por un momento sentí miedo) y así nos sumergíamos en este viaje que nos transportaría cuarenta años atrás. Yo estaba agarrada de la mano de Facu, en un momento comencé a ver como las ropas que vestía se iban convirtiendo lentamente en un chaleco de cuero del que colgaban flecos del mismo tono, y uno pantalones batik color violeta. En su frente se cruzaba una vincha  y a juzgar por la cara de mi compañero, mi vestimenta también se había modificado.

No estábamos cerca del escenario, pero igualmente llegábamos a leer la inscripción que anunciaba “Woodstock, 3 days of peace and music”. En ese momento sonaba Janis Joplin y su tema “Summertime”, nosotros solo bailábamos, inmersos en nuestro viaje. La gente que estaba alrededor nuestro también parecía disfrutar del concierto, todos estaban como pensando en si mismos, casi ignorando la presencia de otros individuos, cada uno envuelto en la música que se nos ofrecía a nuestros odios (ahora escuchábamos a  Jimmy Hendrix, con “Lover Man”). Solo un sujeto se acercó a mi y me regalo una flor de colores que no pude distinguir, y me la sujetó en el pelo. Había carteles que proclamaban el fin de la guerra de Vietnam, otros que hacían referencia al “flower power” (un movimiento que buscaba acabar con la violencia de la época) y algunos sostenían que el amor salvaría al mundo. Nosotros, seguíamos bajo los efectos del San Pedro, y así nos mantuvimos durante toda la velada.

Nos levantamos, dos días después de haber bebido esa infusión, desconcertados sin saber bien que había ocurrido durante nuestro viaje. Pedro me levanto del suelo, me contó que en esos días anduve deambulando y tarareando algunas canciones pero no pudo reconocer bien cuales eran.

Yo solo tenía vagos recuerdos de las últimas cuarenta y ocho horas. De mi pelo colgaba una flor blanca, que ya casi estaba marchita.

                                                           Lucía Devoto. Comisión 63.