Tenía la capacidad de detener el tiempo, viajando en ese transportador con olor a nauseas lo hacía posible, intencionalmente decidía entrar en la mente de los otros y escuchaba el murmullo estruendoso que no paraba: ¡qué día triste!, ¡no soporto más otras 6 semanas de sol! ¡por qué no me llama!, ¡me muero de hambre! hoy no bebí mi gulasch número 11, ¡quiero llegar ya!, ¡cuándo dejaré de trabajar en esa máquina!, ¡me olvidé de revisar las turbinas de ventilación!, y así hasta el infinito de la demencia de evadir el preciso instante del viaje que acontecía, ¡siempre está pasando algo! se decía asimismo, e inmediatamente regresaba al aquí y ahora, el viento en su rostro, el cielo rosa, los árboles con hojas de distintos tonos de rojo, el latido de su corazón marcaba el tic tac de cada suceso frente a sus ojos,  pero él era uno de los pocos que quedaba con uno de esos, después de la gran ola solo algunos sobrevivieron intactos, los que estaban presentes, los que dejaron en silencio a la bulliciosa mente,  todos los demás quedaron condenados a estar muertos en vida, ya no serían conscientes nunca más de lo que eran realmente, seres capaces de despertar del gran sueño en el que dormían, con la gran ola se sepultó también esa memoria inmanente que cada quién tenía a disposición para regresar a la verdadera realidad.  Ya era rutina buscar en la mirada del otro algún atisbo de aquel pasado aún fresco en su esperanza, observaba los que no traían puesto los escáneres para creer que quizá alguno podía ser uno de los suyos, pero era inútil, estaba solo como antaño, rodeado de mil personas hipnotizadas por discursos impuestos, amnésicos de sí mismos, solo que ahora él era el único que podía escapar, era el único que podía sentir los latidos de su propio corazón.

Gilda Casalino

Comisión 62