El cielo aún estaba despejado cuando la expedición partió hacía el desierto. Éramos 9 hombres: buscavidas, valientes y aventureros. Lo habíamos planeado toda la semana, bebiendo en exceso, casi sin poder dormir. Sea como sea, teníamos que volver a El Cairo con el tesoro del desierto en manos. Al alba de un Domingo partimos, y nos dirigimos hacía los páramos.

Dos tardes después, en una alucinante polvareda que, en forma de tormenta se alzó frente a nuestros ojos, entendimos como una fascinante aventura (cuidadosamente planeada y fervientemente anhelada) se deshizo como la arena en el viento.

Habrán pasado minutos, horas o días, nunca lo supe bien. Pero nunca más vi a mis compañeros. A donde posaba la mirada se alzaban imponentes montañas de arena.

Poco después, bajo alguna desdibujada puesta de sol, antes de ceder ante el calor y las salvajes criaturas carroñeras, pude ver a lo lejos un río. Mi última esperanza a unos pocos pasos, y yo a duras penas todavía respiraba. Intente acercarme.

Pudo haber sido una alucinación, ver a aquella mujer, posada sobre una roca; de esas

fantasías con las que los demonios del desierto tientan a los viajeros al fin de

perderlos. Temeroso fui a su encuentro, pues yo ya estaba perdido…

Hace tiempo perdí la noción del paso de los días. Sólo recuerdo el momento de la partida, y de ese entonces hasta ahora. Soy un hombre sin historia, si es que sigo siendo un hombre. Nadie sabe de mi, más que ella, ama y señora de los viajeros perdidos.

Sin razones ni certezas, me arrastro entre sus pies, día y noche vagando sobre el polvo.

Tantos como yo que, algún día salimos en búsqueda de riquezas, la adoramos del alba al anochecer, extasiados, como si de un flagelo eterno tratase.

Ella ríe, y levanta sobre el firmamento ráfagas de tierra, esperando que algún otro valiente se pierda embriagado en su cintura de arena.