Era totalmente cierto que no podía visitar Europa sin pasar por los imponentes castillos medievales, pensaba Catherine mientras tiritaba de frío en el camino hacia el más importante de la zona. Iba guiada por una importante comitiva, todos vestidos con trajes bastante elegantes. El carruaje era peor de lo que había pensado, viejo, descolorido por el uso y bastante incómodo, podía sentirse perfectamente el traqueteo de los caballos que lo hacían andar y las imperfecciones del camino de tierra a sus pies.

No sabía si era peor el viaje o la vista, unos kilómetros atrás lo único que había era pobreza y hambre, nadie parecía satisfecho con el Señor feudal. Malas cosechas y pestes preocupaban a los pobres campesinos, ni hablar de las amenazas de invasiones. Eran gente trabajadora, que había nacido pobre y moriría de la misma manera. En un clima tan frío y húmedo como ese, los siervos vestían con ropas rotas, viejas y sucias, muy diferentes de las que ella tenía puestas. Sus chozas que eran poco más que establos, no tenían casi ninguna ventilación, dado que pasaban todo el día afuera trabajando la tierra o con el ganado, y utilizaban la habitación para albergar a toda la familia a la noche. Pasar por esos campos no era nada agradable, los siervos escupían al piso cuando veían el carruaje, y llegaba el olor fétido de la aldea. Los campesinos lo único que tenían para bañarse eran los arroyos, que permanecían congelados de otoño a verano.

De repente, en la parte delantera de la escolta hubo un tumulto, los aldeanos más jóvenes se habían reunido y no permitían el paso. Manifestaban injurias contra el Señor feudal e insultaban a quienes dirigían los caballos. Demostrando a los extranjeros su habilidad para la defensa, los caballeros que formaban parte del acompañamiento tomaron a varios revoltosos como prisioneros en pocos minutos.

Sin más percances llegaron a la parte más elevada del terreno, en la que se alzaba majestuoso, el castillo. Era sorprendente verlo, una construcción enteramente de piedra, rodeada por un foso ya sin agua, sobre el cual se estaba bajando, no sin poco esfuerzo, a través de un sistema de vigas y cadenas, un puente levadizo, para que pudieran cruzar los recién llegados.

Catherine fue una de las primeras en bajar, por lo que pudo ver cómo se apresuraban a descender los arqueros desde las almenas hasta el patio, para hacerse cargo de los prisioneros. Serían azotados con veracidad por los soldados y luego encerrados en las oscuras y tétricas mazmorras, en el mejor de los casos.

 Sacando de su mente esa terrible imagen, Cata se adentró en la sala de reunión del castillo tras un guía español y se detuvo a observar cada detalle, los candelabros del siglo XI, la vajilla de los nobles. Lo que más le llamó la atención fue una pintura con fecha bastante reciente, medio escondida en un rincón que trataba de describir con detalle al castillo y sus frivolidades, pero no se olvidaba de la otra cara de la Edad Media, los campesinos a lo lejos, bastante menos estéticos, y hasta se alcanzaba a divisar una revuelta en la aldea. La sacó de su ensimismamiento el bip de su celular, que no paraba de ganar y perder señal todo el tiempo desde el viaje en avión. Cata miró la pintura por última vez y se preguntó si las demás personas también sentirían que habían retrocedido siglos atrás al verla.

Rocío García         comisión 63