Sucedió una noche fría del mes de julio. Meses habían estado en altamar, navegando los océanos a bordo de un confiable barco, comandado por su experimentado capitán Mac. Nunca imaginaron que ese viaje sería el último.

No existía mar que el capitán Mac no hubiera navegado. Sin embargo él mismo reconoció esa noche que algo no andaba bien. Se acercaba una tormenta y estaban lejos del próximo puerto, por lo que decidió comunicarle a toda su tripulación que todos deberían realizar su máximo esfuerzo para evitar un posible hundimiento.

Al cabo de dos horas la embarcación se encontraba en medio de un aguacero, sorteando olas inmensas bajo un cielo relampagueante que no cesaba de tronar. Los vientos eran tan fuertes que costaba demasiado atravesar el barco de proa a popa. No quedaba una sola vela de cera encendida en todo el navío. Todo sucedió en la oscuridad de la noche.

En sus casi cincuenta años como capitán, jamás le había tocado vivir una situación como esa.

El barco se tambaleaba cada vez más,  las olas eran cada vez más altas, hasta que finalmente, el capitán ordenó abandonar el barco en los botes salvavidas.

– ¡Rema, rema! – gritaba a cada uno de sus marineros, impulsándolos a continuar hacia un destino incierto.

Y remaron durante dos horas, cuando finalmente tocaron tierra firme. Nunca habían estado en ese lugar. El capitán creía que podía tratarse de Camerún, se le dificultaba reconocer esa playa de noche.

La tripulación, entonces, se dispuso a improvisar un campamento, prendiendo algunas antorchas y dividiéndose en dos grupos para buscar alimento. El primer grupo partió, pero al cabo de una hora como estaba previsto, no regresó. Lo mismo sucedió con el segundo grupo que se adentró en la espesura para buscar a sus compañeros.

El capitán Mac había quedado sólo, y se encontraba terriblemente mortificado por no haber podido evitar que su tripulación muera. Quiso ir hacia el bote para huir de ese extraño lugar, pero había desaparecido. Se refugió en el fogón, y cerró los ojos esperando que todo fuera una pesadilla sin saber que no volvería a despertar.

Lara Tapia, Comision 62