La mañana del 14 de junio de 1984 el despertador no sonó, fue su madre la que despertó a Martín. Entró apresurada en la habitación. Traía una carta en la mano y en su cara, una mezcla de exaltación y pánico. La carta venía de Francia, de la Universidad de Bourdeaux. Al abrirla, aquel muchacho comprendió que tantos años de estudio habían dado sus frutos, comprendió que en ese preciso instante, dieciocho años de sueños e ilusiones se habían convertido por fin, en la más dulce realidad. Una beca para estudiar arte en el corazón de la cultura europea, de eso se trataba aquel trozo de papel.

Sensaciones encontradas lo invadieron. Sabía que probablemente no volvería a tener una oportunidad así jamás, pero también sabía que la vida de su madre dependía, en gran medida, de él. Ellos habían vivido solos desde que Martín tenía cuatro años.

Luego de prolongadas charlas y reflexiones su madre lo convenció de que debía volar en busca de su destino, ella estaría bien.

En el mes de Enero, con lágrimas en los ojos, Martín dejó la pequeña ciudad de Deró sin saber si volvería algún día.

Al llegar a Francia supo que aquel lugar era de ensueño: sus edificios, su gente, todo era perfecto, hasta aquella pequeña habitación que le habían asignado y desde donde pasaba las horas viendo como los buques atracaban en el borde del río Garona. Pero lo que más disfrutaba Martín, era leer las cartas que su madre le mandaba una vez por mes. Por su parte, él se tomaba siempre el arduo trabajo de recorrer la ciudad en busca de las mejores postales para enviarle.

Pero en el mes de Agosto algo sucedió, la carta nunca llegó. Luego de fallidos intentos por comunicarse con su madre, le informaron que había fallecido unas semanas atrás a causa de una profunda depresión. Una enmarañada y oscura red de pensamientos negativos invadió la mente de Martín. Se encontraba en uno de esos momentos en que el ser humano pisa la línea que bordea la locura. Profundamente perturbado huyó de aquella ciudad para nunca más volver. Nadie en Bordeaux supo más de él, tampoco volvió a su pueblo. Tal vez haya decidido que el río lo lleve de nuevo a los brazos de su madre.

María Liz Siccardi

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