22 de noviembre de 2009

Otra vez, los sueños.

Esta vez viajamos en micro con Paloma por un campo de prados verdes, hay un árbol con forma de casa que se ve entre los valles y un topo andando en bicicleta. Vamos sentadas casi adelante y vemos al conductor que es joven, medio desgarbado que maneja rápido y nos lleva por la ruta.

Nos llevan a Bahía Blanca a buscar unas cosas de la facultad, vamos un par de horas.

Llegamos y yo tengo hambre. Pasamos por una pizzería donde hay unos rugbiers comiendo pizzas. Venden empandas también. Me compro una porción de pizza y llegamos a una biblioteca por que queremos pasar al baño. Es un lugar viejo, se asoman libros en un salón y para ir al baño hay que subir una escalera de madera.

Yo me como la pizza y me lleno la boca de comida. Aparece una viejita que es dueña de la biblioteca o trabaja ahí y me pregunta quien es.

Le dije que se acuerde de mí, que estuve allí el año pasado. Que se acordara que yo usaba pollera gris, un sacón grande, el pelo recogido y que quería que una de las chicas de tercero (estaban esa tal lula y Luciana gibilisco) me devolvieran mis zapatos del colegio, esos que usaba yo que tenían la punta redondita. Y se ponían histéricas, y no me lo querían devolver, reconocían que era mío pero no me lo querían dar. Por eso yo hablaba con la viejita y a quien quiera que me reconociera, por eso le describía como era yo.

Era un día de sol, pero la “biblioteca” estaba oscura, era antigua. Había un hall delante. El sueño se hace cada vez más borroso.