Anaclara siempre había sido la chica popular del instituto “Atenas”, era atractiva, engreída y rodeada de chicas que ella creía sus amigas. Podía tener cualquier chico a sus pies y fingía ser una santa para poder retenerlos a su lado. Su personalidad no era un dato muy relevante porque con su belleza se llevaba el mundo por delante.
Todo cambió un miércoles por la mañana, en el que tras despertar y visitar el baño descubrió una mancha rosa en su frente. No podía creer lo que estaba viendo y al instante tapó la mancha con mucho maquillaje ya que así no podía asistir al instituto porque todos se burlarían de ella. Fue hacia la cocina y puso la leche a calentar mientras se cambiaba y se ponía su vestido de satén favorito. Al regresar a desayunar tomo la leche y descubrió que estaba llena de nata. Esto sumo un poco más al mal humor que tenia y partió hacia el instituto.
Al llegar nadie noto nada extraño en su rostro pero ella por dentro sentía que no estaba sana y bella como siempre. Iba al baño cada cinco minutos a controlar su maquillaje hasta que no soportó más y regreso a su casa.
Los días pasaron y la mancha iba creciendo al mismo tiempo que su mundo se derribaba. Ella pensaba que nada iba a ser como antes. Las que decían ser sus amigas nunca fueron a visitarla. Su tristeza aumentaba cada día un poco más pero gracias a un tratamiento intensivo su piel se fue recuperando lentamente. Anaclara aprendió que con la superficialidad no se llega muy lejos y que las verdaderas amigas están en todo momento, tanto para reírse juntas como para enfrentar sus problemas.

Fiorito Luisa

Comisión 62