La cena estaba servida y Malena se propuso a sí misma no probar bocado, como símbolo de protesta ante la negativa de sus padres en relación a la fiesta de esa noche. Excusa perfecta, también, para no tener que soportar comentarios poco felices, como: “Cada persona nace con una cruz, y nosotros estamos cargando una de hierro al tratar de dominar una hija adolescente”, motivo frecuente que provocaba su retiro apresurado y descortés de la mesa familiar.

Como tantas otras noches, se encerró en su cuarto tragándose la bronca de haberle propiciado, una vez más, a su vecina y compañera de colegio, Camila, la conquista de quien haya sido el motivo de su rivalidad, Juan, el responsable de la fiesta. El único movimiento que percibió hasta el momento, fue escuchar a su padre salir de la casa y arrancar el auto para ir a cumplir con su turno nocturno, como cada viernes, sin notar la presencia de su hija observándolo todo desde la ventana. A pesar de que el sueño la vence, la necia de Malena no iba a permitirse dormir hasta no ver salir de su casa a la oportunista de Camila, vestida y arreglada para seducir a Juan. Finalmente se abrió la puerta vecina, pero su sorpresa no fue poca al advertir que no era su contrincante quien salía arreglada de la casa, sino que Elena, la madre. Enseguida recordó que el padre de su rival se encontraba de viaje y, por un momento, su curiosidad y la posibilidad de un romance clandestino, hicieron que el ímpetu la domine y no le permitiese pensar en las consecuencias que acarrearía el estar bajando por su ventana, a escondidas de sus padres y dispuesta a seguir a esa mujer en su “aventura”.

Ya había olvidado el angustioso asunto de Camila y Juan, cuando se encontraba a pocas cuadras de su casa. Estaba en la avenida principal, justo en la esquina del famoso café “Venecia”, lugar poco común para encontrarse con un amante. En ese momento Malena, decepcionada, comprendió que no habría diversión esa noche, que sus sospechas eran inciertas y que Elena estaría esperando a unas amigas con las que iría a tomar algo aprovechando la ausencia de su marido. Pero apenas estaba dando la vuelta para volver lo más rápido posible a su casa, antes de que su madre notase su ausencia, un auto negro paró en la esquina en la que se encontraba Elena. Un auto negro igual al de su padre, al que Elena subió. El mismo auto al que Elena subía cada viernes en esa esquina, en el horario en que su padre entraba a trabajar.

María Luciana Donatelli

Comisión 63