“Diario de angustia en la ciudad que nunca duerme”

23 de enero

9:17 AM

– El taxista era un tipo interesante. Ya estoy en el hotel. Me encierro en mi habitación y mi soledad, solo me acompañan los lujos de la ciudad.

10:55 PM

– 2 salas angurrientas de esplendores y el baño más pulcro que la mismísima nieve. La noche no acompaña. Quizás yo tampoco lo merezca.

25 de enero

11:07 AM

– Llamó Liz y le dije que estaba bien. Las velas siguen encendidas desde anoche. Pobre de ella. No hay nada que me carcoma más la mente que sus ojos celestes con la noticia de mis andanzas.

26 de enero

11:12 PM

– Recién termino de cenar con la dueña de toda mi lujuria. Liz debe estar sola en casa, quizás un poco más acompañada que yo.
Todavía sigo sentado frente a la mesa, los platos sucios color sangre de lo que supo ser salsa, una copa de vino a medio tomar y un vaso con agua, aburrida, ingenua como Liz. Atrás una silla vacía, ella se fue a no sé donde. Dijo que pronto volvía mientras se sacudía algo de sal que había caído en su pollera.

Agarré el anotador porque me relaja.

27 de enero

1:16 PM

– “Las Vegas es la ciudad de las luces, ¿no le parece?”, me dijo el conserje. Creo que extraño a Liz.

30 de enero

7:20 PM

– Esta tarde me acordé del taxista. “Válgase de hombría y haga lo que tenga que hacer”, me había dicho con estrepitosos ademanes e intercalando miradas por el espejo retrovisor, “las mujeres son un eslabón: una termina cuando empieza la otra”.

1 de febrero

3:32 PM

– Hace un rato golpearon la puerta. No esperaba a nadie, mi única compañía yacía en el sofá, hundida en la más inocua indiferencia.

Era Liz. Estaba en Las Vegas; siempre había estado aquí.

3:40 PM

– Me siento menos solo, ahora sé que estoy sin Liz.

Santiago Fernandez

Comisión 63