Agotado por el arduo trabajo fabril y su aparato burócrata estructurado a base de coimas, arribé a Coímbra en busca de una nueva vida. A pesar de mi pálida imagen, signos de la supervivencia, logré obtener un empleo en el puerto. Pasadas las semanas de trabajo, el capitán anunció la partida del barco hacia una isla desconocida con el fin de realizar una expedición. Fue extraño, algo dentro de mí pedía a gritos que emprendiera este aventurado viaje. Así lo hice.

Luego de una fatigosa travesía por altamar, llegamos a destino. A simple vista, no parecía haber movimiento alguno en la isla. La selva virgen, bioma característico por excelencia, componía el paisaje del lugar; junto a ella, un espeluznante silencio. Comenzamos a explorar el territorio cuando, inesperadamente, se oyó a uno de los tripulantes gritar. – “¡Un Cuerpo! ¡Un cuerpo humano!”. Me acerqué inmediatamente al lugar. El cuerpo era de un hombre de unos treinta años, se hallaba mutilado y en estado de putrefacción; tenía un signo peculiar en su pecho. Al observar el tipo de mutilación, no cabía la menor duda que la muerte no había sido originada por un animal. El miedo y la duda se apoderaron de la tripulación.

La noche acechaba, continuaríamos con la exploración al día siguiente. Comenzamos a organizar el campamento. Luego de establecerlo, saciamos nuestros estómagos y rápidamente nos dirigimos a las tiendas para descansar. Me encontraba dormitando, entre el sueño y la vida real. A lo lejos, comenzó a escucharse un sonido inusual, una especie de repiqueteo de tambores. Este se hacía vez más perceptible. Los compañeros comenzaron a salir de las tiendas, yo seguí su camino. A doscientos metros, sobre una cadena montañosa que se erigía en nuestro frente, una cantidad inconmensurable de hombres se dirigían hacia nosotros. Parecían nativos de la isla, tenían la piel curtida y se encontraban vestidos precariamente. Al estar frente a frente, noté que cada uno de ellos tenía un tatuaje en su pecho que representaba una cobra; aquél era el extraño signo grabado en el cuerpo encontrado durante la tarde.

Nuestro capitán se ubicaba al frente del grupo. El jefe de los nativos hacía lo propio. El capitán se acercó hacia él para establecer una comunicación y explicarle los motivos de nuestra llegada. El idioma que manejaban los nativos era realmente particular. Utilizaban un sistema basado en  rima muy complejo. De nada sirvió este intento de comunicación. Luego de una orden del líder nativo, los isleños nos rodearon y no había posibilidades de escapar. Comenzaron a tomar uno a uno a nuestros hombres y los sacrificaban cruelmente frente a nuestra impotencia. En esta especie de rito, se movían alrededor de los cuerpos moribundos y miraban hacia el cielo buscando una respuesta. El lugar apestaba a muerte.

Finalmente, mi hora había llegado. Sentía el frío y el oxido del metal sobre mi piel. El nativo tomó su garrote con fuerzas en dirección hacia mi cabeza. Di el alarido más fuerte de toda mi vida y…desperté, sudado y sin aire. Me percaté de que todo había sido un sueño. Abrí la tienda e inhalé hondo. Retorné al interior y me dispuse dormir. A lo lejos, comenzó a escucharse un sonido inusual, una especie de repiqueteo de tambores…

Fernando Falasca

Comisión: 63