Todavía no había aprendido a leer muy bien, tenía cinco años, pero la situación que voy a relatar la recuerdo como si hubiese sucedido durante mi adolescencia.

Mi padre todas las noches antes de dormir, nos leía a mí y a mi hermano una serie de cuentos, cual se componía de cuentos de aventura, de ciencia ficción o una simple historia para niños. Pero había un cuento en particular que no podía faltar nunca. Recuerdo sentir que si no escuchaba ese cuento una noche, no me iba a poder dormir tranquilo. Se trataba de un librito de madera de no más de diez hojas. No recuerdo como se llamaba, pero sí que el protagonista era un gusano verde.

Cada día que pasaba me gustaba más la historia, pero mi padre y mi hermano ya se habían empezado a cansar un poco. Según me cuentan el cuento fue contado durante treinta noches de manera consecutiva.

Lo curioso ocurrió una noche en particular, cuando mi padre comenzó con la lectura, pero yo también lo hice. Como siempre, él lo leía, pero yo lo recitaba de memoria. Había aprendido todas las palabras exactas, las pausas y los cambios de página. Esto causó un gran asombro en mi familia, de hecho me acuerdo de haberme ido a dormir más tarde dicha noche, ya que me hicieron repetir el cuento numerosas veces. Yo también estaba sorprendido, porque no lo había estudiado, simplemente me di cuenta de que lo sabía. Surgió de repente.

El día de hoy, del cuento no recuerdo nada, pero tampoco una situación similar, en la que demostré tanta pasión e interés en una lectura.