Al recordar escenas de lectura son demasiadas las sensaciones que recorren mi mente. Desde aromas hasta gustos, desde sentimientos y alegrías a penas y desilusión. Una mezcla, un crisol de febriles e inolvidables conocimientos llevados a cabo a través de la lectura, una comprensión del mundo a través de la literatura, la imaginación y la poesía, la prosa bien hecha y las oraciones que conjugan en sí el valor de un autor, una historia, una vida bosquejada entre borradores por una persona que pensó (o no lo imaginó ni siquiera) en publicar un libro para que otros disfruten, sientan, imaginen o piensen de una forma nueva o diferente.

Comenzaré por describir mis primeros pasos para con la lectura, ya que considero (más allá que suene infantil o risible) que ese fue mi primer paso para lanzarme al mundo de la literatura.

Todo se remonta a las épocas en las que yo era niño, cuando mi abuelo me presentó a un tal Julio Verne y sus novelas de viajes y peripecias fantásticas. Luego de esos cuentos, mi curiosidad se volcó para la colección “Robin Hood”. En la citada colección, comencé a interesarme por “Las Mil y Una Noches”, “Raptado”, “Las Aventuras de Huckleberry Finn”, “Las Aventuras de Tom Sawyer”, “20.000 Leguas de Viaje Submarino”, “Viaje al Centro de la Tierra”, entre muchos otros. La sensación de sentir la aventura, el paso a paso de los protagonistas y el imaginar los escenarios propuestos por el autor es indescriptible y cada lector lo ve y lo siente de diversas formas.

Lo que más recuerdo fue aquella tarde en la Costa Atlántica, en la cual siendo el sol perjudicial para la piel debido al alto factor de rayos UV a las 15hs., me quedé leyendo “Las Mil y Una Noches”. Me atrapó tanto el relato de Scherezade que perdí la noción del tiempo y cayó la noche.