Me encuentro en una ciudad de libros, llena de calles, pasillos temáticos, mostradores, carteles, vendedores desesperados por algún tipo de interacción social que culmine con la compra de uno de sus libros que, paradójicamente no fueron escritos por ellos y que, dados los fríos y superficiales comentarios de contratapa que ofrecen, definitivamente tampoco fueron leídos por ellos. A mí alrededor encuentro todo tipo de postales, la de la gente “picoteando” libros, la de chicos de temprana edad que miran asombrados la inmensidad de la ciudad y, redundantemente, la gran cantidad de libros que hay. También me encuentro con aquellos que, corren desesperados, empujan, con libros en la mano, recorriendo los pasillos, sin tiempo para tan solo disculparse por el grosero empujón. Mi malhumor se incrementa de la mano de la desilusión, generada por la falta de tranquilidad, por el caos de la ciudad, por la excesiva apología a la venta, entre otros aspectos.

 Después del caos, el retorno a casa en colectivo fue junto a “Demian”, de Hermann Hesse, quizás no haya sido una de mis novelas preferidas, pero fue una de las lecturas mas gratificantes de las que tengo recuerdo, una hora de colectivo, de noche, sin apuros ni empujones, sentado del lado de la ventanilla, pensando en que habrá de cenar al llegar a mi hogar y en si Dora, la vecina, se habrá vuelto a quedar dormida en la reposera que da a la calle.

Las efemérides son frías, rencorosas, superficiales, pero dada la situación, estoy en condiciones de afirmar que un día como hoy, pero hace un año atrás, me encontraba en la Feria del Libro, el paraíso de todo lector, buscando desesperadamente un aspecto positivo de la misma, un viejo libro leído, una grata conversación, tan solo una cara bonita buscaba para justificar que mi visita a la ciudad de libros valió la pena, y el viaje de retorno, la cena hogareña y Dora dormida en la reposera, calificaron de gratificante a mi viaje.

Sebastián Branciforte – Comisión 62